LOS CABALLOS DEL VINO EN CARAVACA DE LA CRUZ

2 de Mayo de 2016

Los Caballos del Vino en Caravaca de la Cruz.

2 de Mayo de 2015

 

La fiesta de los Caballos del Vino irrumpe estrepitosa y anualmente en la primavera murciana, al comenzar mayo, abriendo de par en par las puertas de la Fiesta Mayor que todos los años se dedica a la Stma. Cruz en Caravaca, particular rincón del Noroeste Murciano, donde un alarde de fantasía y simbolismo, se da culto a la fuerza, al valor, a la belleza y a los sentidos. 

 
Los orígenes de la fiesta se pierden en la nebulosa del tiempo fundiéndose entre la historia y la leyenda. Según la tradición histórica, estando sitiada la fortaleza templaria de Caravaca por los moros granadinos, hacia 1250, y necesitando los moradores de la misma agua para abastecerse, ya que los algibes estaban exhaustos, un grupo de valerosos caballeros templarios atravesaron el sitio musulmán, con el consiguiente riesgo que ello entrañaba, y cargando pellejos de vino a lomo de sus corceles, al no poder conseguir agua, en el Campillo de los Caballeros (en el campo de Lorca), volvieron de nuevo, en veloz y espectacular carrera, a burlar el cerco enemigo para llevar el líquido elemento al defensor del Castillo, donde ya se guardaba, desde 1231, la Reliquia de la Stma. Cruz. Al llegar fueron recibidos con el consiguiente alborozo, ofreciendo y ataviando las mujeres a los mozos y a los caballos con ricos mantos bordados y ramilletes de flores, considerándolos, de esta forma, de esta forma, héroes y salvadores de la situación. 


 

Desde la Edad Media, con más o menos esplendor, según las épocas, se viene celebrando anualmente las efemérides. Sin embargo en el S. XVIII, durante el pleno Barroco, cuando la fiesta comience a configurarse como tal, y durante el Romanticismo Decimónico cuando alcance la estructura lúdica que hoy tiene. 

 
El Festejo tiene lugar durante la mañana de cada Dos de Mayo, víspera de la fiesta de la Cruz, fecha en que Caravaca se convierte en la capital de la alegría, de la belleza y de la participación festera. 


El festejo comienza de madrugada con el lavado y enjaezamiento del caballo, en más de cuarenta lugares diferentes de la ciudad. Pocos espectadores, lo más vinculados a las peñas o familia, tienen el privilegio de asistir a la ceremonia. 


Con las primeras luces matinales el grupo (formado por el caballo y cuatro caballistas), se dispone a reconocer las calles que pocas horas después constituirán el escenario del espectáculo. Veloces carreras y solemnes presencias comienzan a conseguir adeptos que ya no abandonarán a la peña en todo el discurrir del festejo. 


El primer desfile organizado comienza a las 8 de la mañana y parte de la Plaza Nueva y Plaza del Arco, donde previamente se han concentrado las peñas y los bandos Moro y Cristiano que preceden a los múltiples caballos que toman parte en el mismo. 


La Plaza se convierte en cuadra festera de honor, y el arco del Ayuntamiento en puerta grande de la Fiesta. Desde aquí, el desfile transcurre por la Gran Vía hasta la Glorieta y el Templete, siguiendo a cada caballo una Peña (grupo de amigos que trabajan durante todo el año para conseguir hacer el manto que luego lucirá el caballo) que se va nutriendo de espontáneos hasta convertirse el espectador en participante ordinario, que funde su fuerza física con el ritmo musical en una danza que se prolonga hasta el Bañadero, donde tiene lugar la Misa de Aparición (momento en que se rememora la Aparición Milagrosa de la Cruz). 


Los aledaños del Templete cobijan, bajo el sol mañanero, palio habitual del Dos de Mayo Caravaqueño, la multicolor estampa, hasta que el espectáculo de luz y color se pone de nuevo en movimiento, en forma de río humano de entusiasmo, por las calles que conducen al Castillo Santuario de la Vera Cruz. Es la Procesión de la Alegría, en la que los grupos cristianos y Kábilas moras compiten en un derroche de música festera, e himnos locales, con el cascabeleo peculiar de los caballos, que levantan polvaredas de fervor, y con la majestad de las autoridades que portan la gran bandeja de flores que las manos de las Monjas Carmelitas han preparado para la Cruz. 


Poco después, mientras al pie de la cuesta, en la falda de la muralla, se prepara la prueba de fuego caballista, tiene lugar en el interior del Santuario, el barroco y litúrgico ceremonial del Baño del Vino y Bendición de las Flores. Y es entonces cuando el espectáculo se consuma en la cuesta; cuando la fuerza de la bestia y el hombre se funden para lograr el triunfo, y cuando sólo un premio, "el primero", cuenta ante todo y sobre todo. "El primero" en la carrera y "el primero" en el vestir. Nunca el premio compensa el esfuerzo, por eso, año tras año, se compite de nuevo y con mayor ansiedad. 


La muchedumbre se convierte en juez y en parte en la Lonja del Castillo, ante la fachada barroca del Santuario. De nuevo nadie se siente observador por mucho que lo intente. Un jurado, cuyo dictamen siempre vence pero nunca convence, reparte alegrías y frustraciones. 


El rito del enjaezamiento tiene lugar en la cuadra particular de cada peña muy de mañana. Solo los más allegados tiene acceso. El caballo se prepara con mimo y se viste con primor con los atalajes (expuestos durante todo el día 1º de mayo en lugares diferentes y céntricos de la localidad), bordados pacientemente y artísticamente con temas alusivos a la fiesta, a la ciudad y a sus gentes. Sobre las siete y media de la mañana los caballos ya están por las calles y plazas de Caravaca. 


El itinerario festero discurre en diversas plazas y calles, donde encuentras un caballo cuyos mozos jalean arrancando aplausos y vítores mañaneros. En la Plaza Nueva se sirve café de puchero y anís de garrafón. 


A las 8 se concentran los grupos cristianos, kábilas moras y Caballos del Vino en las plaza Nueva y del Arco, partiendo el desfile desde el Ayuntamiento donde las Autoridades y Cofradía de la Vera Cruz presencian la salida en el balcón central del edificio. La Gran Vía es aconsejable para quienes optan por la contemplación del espectáculo cómodamente. Tribunas gratuitas para los que aún no se han integrado, pero muy pronto se integrarán. 


El Templete constituye el punto de reunión al filo de las diez. La celebración eucarística constituye un emocionante y recogido espectáculo sacro. Al "Gloria" y a los acordes de la Marcha Real, mientras campanas y trabucos atruenan el ambiente, baja la Cruz, de manos de los ángeles, al altar, mediante un simple mecanismo de cordelería. 


Al terminar se organiza el más bello desfile de luz, color y pasión camino del Santuario. Aconsejamos para su contemplación, todas las calles del recorrido, desde la Glorieta, por Rafael Tejeo y Mayor hasta el Castillo. 


Es digno y aconsejable de ver la entrega de la Bandeja de Flores que la Priora del Monasterio de San José (de monjas carmelitas descalzas), hace al Hermano Mayor de la Cofradía de la Stma. Cruz, en el Convento de la Calle Mayor, al paso del cortejo por aquel lugar. La Bandeja la porta el Hermano Mayor hasta el Ayuntamiento (o la Esquina de la Muerte). En este lugar es reemplazado por el Alcalde, quien la ofrendará a la Patrona de la ciudad a su llegada al Castillo en nombre de todos los caravaqueños. Las gentes engrosan las peñas a lo largo del itinerario en un movimiento empático de ilusión y amistad. Así se llega al Castillo junto al amigo o al desconocido hasta entonces, que te brinda el brazo y su corazón. Los amantes de un nuevo espectáculo sacro deben llegar hasta la Iglesia. Allí tiene lugar un singular y emotivo acto religioso: La Ofrenda de las Flores por parte del pueblo a la Cruz por boca su Alcalde. Después la Reliquia se sumerge en una jarra de vino que se repartirá a lo largo de todo el año en Caravaca, y se bendicen las flores que en breve se disputarán los asistentes. 


Quienes prefieran conseguir buen lugar para presenciar la carrera quedarán en el último tramo de la cuesta, bajo la sombra agradecida de los pinos que con su fronda acogen al festero. 


Tras la carrera, el punto de interés se centra en la lonja, intramuros de la muralla. Allí tiene lugar la entrega de premios tras la solemne ceremonia ritual de la presentación de los caballos en la tribuna presidencial. 


Premios hay muchos, pero interés solo despierta el primero. Los demás es consolación para el bravo caballista que no obtiene el preciado y más importante galardón de la vida local. Alegría y frustración serán los ingredientes de ese agridulce postre de la fiesta que bien pasado el mediodía comienza a preparar el Dos de Mayo venidero.