Cudillero, Asturias

Cudillero es un pintoresco pueblo de pescadores construido en las empinadas laderas de 3 montes que rodean a la ciudad a modo de anfiteatro.

Es sin duda una ciudad de marineros que invita a perderse por sus estrechas callejuelas, admirar sus características casas colgantes, bajar al puerto a pasear o a degustar la pesca del día en uno de los varios establecimientos hosteleros que hay en la localidad.

 

El entorno de Cudillero es impresionante, en el concejo hay un total de 23 playas, además a escasos kilómetros podemos encontrarnos muchas más en los concejos de Valdés y Muros de Nalón.

A los habitantes de Cudillero se les conoce como “Pixuetos“, aunque hay muchas versiones parece que tiene su origen en Pix = Pez. Y no es de extrañar que así sea ya que este ha sido desde siempre uno de los principales puertos pesqueros del Cantábrico.

Aún hoy, cuando llegan los barcos, suele haber un camión frigorífico esperando en la lonja dispuesto a llevar el mejor pescado a otros puntos de España, principalmente Madrid.

A unos 11km al oeste, en la localidad de Oviñana, se encuentra el Cabo Vidío un espectacular saliente con unos acantilados de 100m de altura que oferece unas espectaculares vistas de la costa cantábrica.

 

En El Pito, lugar de la parroquia de Piñera distante sólo 2 km de la villa marinera de Cudillero, se encuentra la Quinta Selgas, un espléndido conjunto de palacio, jardines y pabellones, construido, a fines del XIX, según planos de Fortunato Selgas, dueño, junto con sus hermanos Ezequiel y Francisca, de la Quinta, que está protegida por una cerca y tiene dos accesos monumentales, siendo el principal el situado al sur, provisto de arco triunfal romano rematado por un frontón semicircular en cuyo tímpano figura un medallón con un busto.

El palacio (1870-1895), sin duda «la más notable posesión-museo del concejo» (J. L. Álvarez del Busto), es un volumen único rectangular, compuesto por dos pisos, además del ático y un bajo de inferior altura, a modo de zócalo. El interior palaciego, donde sorprende el contraste entre la sobriedad arquitectónica y la riqueza decorativa de los diferentes salones, es un verdadero museo, celoso guardián de un sinfín de trabajos de pasmosa calidad: cuadros de Carreño Miranda, El Greco, Goya, de la escuela de Rubens, Tiziano...; relojes; porcelanas chinas, de Sèvres y del Retiro; espléndidos techos con preciosos motivos alegóricos pintados por Casto Plasencia y Manuelesca, se deben a Henri Rigoreau Jouvert, jardinero formado en la escuela de Versalles y reclamado en España por la nobleza madrileña; son una combinación de jardín francés —éste dispuesto delante de las fachadas principal y posterior del palacio— y su opuesto, el jardín pintoresco. En su composición resaltan el lago, los invernaderos, la gruta y la exótica arboleda.